En los siglos XV y XVI, grandes centros flamencos de tapicerías como Bruselas, Oudenaarde, Malinas, Brujas o Tournai ejecutaban con un refinamiento técnico inigualable los modelos o cartones hechos a menudo por pintores famosos
Los tapices, expresión artística casi olvidada en la era contemporánea fue, sin embargo, la favorita de los Habsburgos españoles. Tanto fue así que, por ejemplo, Carlos V llegó a tener más de 300 tapices en propiedad y tan sólo 10 o 12 pinturas.
En las cortes de Borgoña, España y delos Habsburgo poseer un tapiz fue, durante mucho tiempo, sinónimo de riqueza, prestigio y poder.
Tanto los Reyes Católicos como Margarita de Austria, María de Hungría o Carlos I figuran entre los mayores coleccionistas de tapices del Renacimiento. También la nobleza española y flamenca dejó numerosos tapices en iglesias y catedrales. Lugares como Pastrana, Zamora, Palencia, Zaragoza o Lérida cuentan con algunas de las colecciones de tapices flamencos más importantes de Europa.
Los temas principales eran la guerra o la batalla, con joyas como La batalla de Zama, de la serie Historia de Escipión. Pero las obras más importantes son dos tapices de la magnífica serie La conquista de Túnez que Jan Cornelisz Vermeyen dibujó en 1548 por encargo de Carlos V. Estos tapices ofrecen al espectador un panorama vertiginoso de la toma de Túnez, una de las innumerables campañas del César Carlos.
Frescos móviles del norte
La tradición del fresco, de moda en Italia en el siglo XV, llegó cronológicamente tarde al norte de Europa pero, mientras tanto, los tapices, cuyo cometido original era cubrir las paredes de las estancias en tiempos fríos, cumplían la función de decorar los muros de los palacios e iglesias.
A finales del siglo XIX, un crítico belga bautizó estas obras como los “frescos móviles del norte”, ya que podían ser descolgados y trasladados para acompañar al rey en sus continuos cambios de residencia. Se prestaban excelentemente para la vida ambulante, tanto en la Corte de los Duques de Borgoña como en la de Carlos V y su hijo Felipe II, y fueron transportados en carros y barcazas por toda Europa. Mucho tuvo que ver, también, en esta definición el enorme tamaño de algunos de los mejores tapices flamencos que se han conservado y que ahora se muestran en Gante.
Además de transmitir suntuosidad y servir de decoración, estos “frescos móviles”, algunos de los cuales llegaron a alcanzar 40 metros cuadrados de superficie, cumplieron la misma función que la fotografía y el cine en la actualidad: plasmar una escena, contar una historia. Así, cuando Carlos V inició la campaña de Túnez, no sólo llevó consigo tropas. El rey tuvo la brillante idea de llevarse a un artista o, lo que es lo mismo, un corresponsal que pudiera dibujar e inmortalizar la campaña y, de esta forma, cambiar la forma de representar la guerra.
Propiedades familiares
Los tapices que se muestran en Gante pertenecen exclusivamente a las cortes de Borgoña, España y los Habsburgo, y no a un país en concreto, porque en el siglo XVI no existía el concepto de propiedad pública y, por tanto, resulta imposible asociarlos a un territorio actual. Nunca se concibió que estas obras pudieran estar ligadas a un único Estado, ya que las propiedades, tanto estilísticas como temáticas, estaban ligadas a las costumbres y tradiciones de una familia más que a un territorio.
Algunos de los tapices que actualmente se encuentran en Madrid los trajeron Carlos V y María de Hungría cuando regresaron a España en 1555 porque los habían pagado de su bolsillo. Sin embargo, y aunque legalmente podrían haberse llevado también las piezas heredadas de sus abuelos y bisabuelos, los Duques de Borgoña, estaban totalmente convencidos de que éstas pertenecían cultural e históricamente a la región borgoñesa, por lo que no dudaron en dejarlos en Flandes.
En este contexto, se crearon las grandes colecciones de tapices que se conservan actualmente, como la del Patrimonio Nacional Español, la mejor del mundo, con más de 3.000 piezas –que juntas suman una extensión de casi 50 kilómetros de largo– y de las cuales sólo se han expuesto 100, o la austríaca, que contaba con más de 800, la mayoría perdidos en un trágico incendio del que se salvaron escasas obras.
Obra de arte en equipo
El tapiz, tal y como lo vemos, es el resultado de un laborioso proceso artesanal que consiste en trasladar a mano una imagen a una obra de tejido utilizando hilos de distintos colores y materiales. A diferencia de otras especialidades artísticas, su realización ha requerido siempre el trabajo de más de una persona.
El artista, antes de nada, realizaba un primer esbozo llamado petit patron, algo parecido a los bocetos preparatorios de cualquier pintura pero que, en el caso de los tapices, cobraba más importancia porque era la idea fundamental. Posteriormente, el autor o, en la mayoría de los casos, su taller, trasladaba esa primera imagen a un cartón a tamaño real que le servía de guía al tapicero para llevar a cabo la pieza definitiva.
En las últimas décadas se ha reivindicado por parte de numerosos especialistas el papel de esta figura en el proceso de ejecución del tapiz; además de ser quien entraba en contacto con el coleccionista y el artesano, el tapicero invertía en un local, compraba los materiales (oro, seda, hilo…), dirigía y supervisaba todo el proceso, es decir, funcionaba como un auténtico productor.
Los artistas que ideaban estas obras, en muchos casos, eran pintores sólo de tapices. En otras ocasiones, también recibían encargos de otros géneros, como Bernard van Orley, pintor de Margarita de Austria y destacado autor del Renacimiento belga, o Jan Cornelisz Vermeyen, autor de la serie de Túnez, el proyecto artístico de Carlos V más relevante, ambicioso y de mayor magnitud.
Por supuesto, autores convencionalmente importantes como Francisco de Goya –que decoró todos los palacios borbónicos con sus tapices– o Peter Paul Rubens –con la serie de la Eucaristía del Prado, la de Aquiles y Alejandro o la de Decio Mus– ocupan un lugar de privilegio en la historia de este género artístico.
Género clásico. Montaje moderno
Tapices Flamencos para los Duques de Borgoña, Carlos V y Felipe II es, según su comisario, Fernando Checa, “la exposición con mayor número de tapices que se ha realizado hasta la fecha” que, además, ha conseguido superar las dificultades espaciales para exhibir las 34 enormes piezas y adaptar las nuevas tecnologías de montaje e iluminación a un género clásico, como es el del tapiz, con un resultado absolutamente innovador.
Un gran número de estos tapices ha sido recientemente restaurado, el resultado no puede ser otro que una excepcional nitidez a la hora de apreciar las obras y una cuidada transición lumínica en el recorrido que muestra la historia de los “frescos móviles del norte” que fueron, por un tiempo, los caprichos más deseados por los reyes.
Las variadas composiciones, tanto de temas religiosos como históricos, mitológicos o alegóricos, tenían la mayoría de las veces una connotación política. La formación sobre todo de una imagen dinástica, del Estado y del soberano, constituía para los Borgoñones y los Habsburgos españoles una preocupación de primer orden
Los tapices, expresión artística casi olvidada en la era contemporánea fue, sin embargo, la favorita de los Habsburgos españoles. Tanto fue así que, por ejemplo, Carlos V llegó a tener más de 300 tapices en propiedad y tan sólo 10 o 12 pinturas.
En las cortes de Borgoña, España y delos Habsburgo poseer un tapiz fue, durante mucho tiempo, sinónimo de riqueza, prestigio y poder.
Tanto los Reyes Católicos como Margarita de Austria, María de Hungría o Carlos I figuran entre los mayores coleccionistas de tapices del Renacimiento. También la nobleza española y flamenca dejó numerosos tapices en iglesias y catedrales. Lugares como Pastrana, Zamora, Palencia, Zaragoza o Lérida cuentan con algunas de las colecciones de tapices flamencos más importantes de Europa.
Los temas principales eran la guerra o la batalla, con joyas como La batalla de Zama, de la serie Historia de Escipión. Pero las obras más importantes son dos tapices de la magnífica serie La conquista de Túnez que Jan Cornelisz Vermeyen dibujó en 1548 por encargo de Carlos V. Estos tapices ofrecen al espectador un panorama vertiginoso de la toma de Túnez, una de las innumerables campañas del César Carlos.
Frescos móviles del norte
La tradición del fresco, de moda en Italia en el siglo XV, llegó cronológicamente tarde al norte de Europa pero, mientras tanto, los tapices, cuyo cometido original era cubrir las paredes de las estancias en tiempos fríos, cumplían la función de decorar los muros de los palacios e iglesias.
A finales del siglo XIX, un crítico belga bautizó estas obras como los “frescos móviles del norte”, ya que podían ser descolgados y trasladados para acompañar al rey en sus continuos cambios de residencia. Se prestaban excelentemente para la vida ambulante, tanto en la Corte de los Duques de Borgoña como en la de Carlos V y su hijo Felipe II, y fueron transportados en carros y barcazas por toda Europa. Mucho tuvo que ver, también, en esta definición el enorme tamaño de algunos de los mejores tapices flamencos que se han conservado y que ahora se muestran en Gante.
Además de transmitir suntuosidad y servir de decoración, estos “frescos móviles”, algunos de los cuales llegaron a alcanzar 40 metros cuadrados de superficie, cumplieron la misma función que la fotografía y el cine en la actualidad: plasmar una escena, contar una historia. Así, cuando Carlos V inició la campaña de Túnez, no sólo llevó consigo tropas. El rey tuvo la brillante idea de llevarse a un artista o, lo que es lo mismo, un corresponsal que pudiera dibujar e inmortalizar la campaña y, de esta forma, cambiar la forma de representar la guerra.
Propiedades familiares
Los tapices que se muestran en Gante pertenecen exclusivamente a las cortes de Borgoña, España y los Habsburgo, y no a un país en concreto, porque en el siglo XVI no existía el concepto de propiedad pública y, por tanto, resulta imposible asociarlos a un territorio actual. Nunca se concibió que estas obras pudieran estar ligadas a un único Estado, ya que las propiedades, tanto estilísticas como temáticas, estaban ligadas a las costumbres y tradiciones de una familia más que a un territorio.
Algunos de los tapices que actualmente se encuentran en Madrid los trajeron Carlos V y María de Hungría cuando regresaron a España en 1555 porque los habían pagado de su bolsillo. Sin embargo, y aunque legalmente podrían haberse llevado también las piezas heredadas de sus abuelos y bisabuelos, los Duques de Borgoña, estaban totalmente convencidos de que éstas pertenecían cultural e históricamente a la región borgoñesa, por lo que no dudaron en dejarlos en Flandes.
En este contexto, se crearon las grandes colecciones de tapices que se conservan actualmente, como la del Patrimonio Nacional Español, la mejor del mundo, con más de 3.000 piezas –que juntas suman una extensión de casi 50 kilómetros de largo– y de las cuales sólo se han expuesto 100, o la austríaca, que contaba con más de 800, la mayoría perdidos en un trágico incendio del que se salvaron escasas obras.
Obra de arte en equipo
El tapiz, tal y como lo vemos, es el resultado de un laborioso proceso artesanal que consiste en trasladar a mano una imagen a una obra de tejido utilizando hilos de distintos colores y materiales. A diferencia de otras especialidades artísticas, su realización ha requerido siempre el trabajo de más de una persona.
El artista, antes de nada, realizaba un primer esbozo llamado petit patron, algo parecido a los bocetos preparatorios de cualquier pintura pero que, en el caso de los tapices, cobraba más importancia porque era la idea fundamental. Posteriormente, el autor o, en la mayoría de los casos, su taller, trasladaba esa primera imagen a un cartón a tamaño real que le servía de guía al tapicero para llevar a cabo la pieza definitiva.
En las últimas décadas se ha reivindicado por parte de numerosos especialistas el papel de esta figura en el proceso de ejecución del tapiz; además de ser quien entraba en contacto con el coleccionista y el artesano, el tapicero invertía en un local, compraba los materiales (oro, seda, hilo…), dirigía y supervisaba todo el proceso, es decir, funcionaba como un auténtico productor.
Los artistas que ideaban estas obras, en muchos casos, eran pintores sólo de tapices. En otras ocasiones, también recibían encargos de otros géneros, como Bernard van Orley, pintor de Margarita de Austria y destacado autor del Renacimiento belga, o Jan Cornelisz Vermeyen, autor de la serie de Túnez, el proyecto artístico de Carlos V más relevante, ambicioso y de mayor magnitud.
Por supuesto, autores convencionalmente importantes como Francisco de Goya –que decoró todos los palacios borbónicos con sus tapices– o Peter Paul Rubens –con la serie de la Eucaristía del Prado, la de Aquiles y Alejandro o la de Decio Mus– ocupan un lugar de privilegio en la historia de este género artístico.
Género clásico. Montaje moderno
Tapices Flamencos para los Duques de Borgoña, Carlos V y Felipe II es, según su comisario, Fernando Checa, “la exposición con mayor número de tapices que se ha realizado hasta la fecha” que, además, ha conseguido superar las dificultades espaciales para exhibir las 34 enormes piezas y adaptar las nuevas tecnologías de montaje e iluminación a un género clásico, como es el del tapiz, con un resultado absolutamente innovador.
Un gran número de estos tapices ha sido recientemente restaurado, el resultado no puede ser otro que una excepcional nitidez a la hora de apreciar las obras y una cuidada transición lumínica en el recorrido que muestra la historia de los “frescos móviles del norte” que fueron, por un tiempo, los caprichos más deseados por los reyes.
Las variadas composiciones, tanto de temas religiosos como históricos, mitológicos o alegóricos, tenían la mayoría de las veces una connotación política. La formación sobre todo de una imagen dinástica, del Estado y del soberano, constituía para los Borgoñones y los Habsburgos españoles una preocupación de primer orden
